sábado, 7 de junio de 2008

Los nazis de guante blanco




La publicación de dos nuevos libros que exploran el nazismo a través de su íntima relación con las élites aristocráticas y burguesas alemanas nos permite volver a una de las constantes de este ágora: la adicción por la Segunda Guerra Mundial y la verdadera responsabilidad de unos y otros en este periodo atroz. Paralelo a este doble lanzamiento, la petición pública del alcalde de Berlín para retirar la estatua de cera de Hitler del futuro museo Madame Tusseud ha reabierto el debate en los medios de comunicación germanos respecto al pasado nazi y la utilización de sus símbolos. Dada la encendida polémica por la efigie de cera, y repasando los argumentos que presentan ambos libros, parece que la transición en Alemnaia está menos cerrada de lo que parece.

El pecado de los dioses (Taurus), del historiador Fabrice D’Almeida, se centra en la fascinación nacional socialista por la “la belleza fría” –fabulosa definición- , el gusto delirante por una puesta en escena hiperbólica y la enfermiza obsesión burocrática. Esta conservación de los datos era tan compulsiva en el recuento del exterminio judío como en las nimiedades más asombrosas. Tal es así que el régimen codificaba, clasificaba y guardaba los dibujos que los niños rubios del Reich le enviaban a Hitler por su cumpleaños, o las cartas de 6.000 mujeres que aseguraban se iban a suicidad por amor al Führer. Un monstruo de papeles kafkiano hasta el punto que llevó a la creación de la Adjudantur, una cancillería personal dedicada en exclusiva a los asuntos personales de Hitler.


En un estupendo artículo publicado en El País el pasado lunes, del también estupendo periodista Gregorio Belinchón, D’Almeida define el concubinato del nazismo con las élites alemanas como “una relación parasitaria”, en la que Hitler sacaba dinero y más dinero y el rancio abolengo de la sociedad germana alimentaba su enorme ego con su protagonismo en unos fastos cada vez más desquiciados: la nueva Cancillería del Reich de los mil años se proyectó para que midiese 700 metros. Se trataba de formar parte de una comunidad, de una élite elegida. El artículo cita como ejemplo la celebración del cumpleaños del número dos del régimen, Hermann Göring, el amo y señor de la poderosa Luftwaffe.

El 11 de enero de 1936, Hermann Göring, mano derecha de Adolf Hitler, comandante de la Luftwaffe, ministro presidente de Prusia, el hombre que conectó al Führer con la nobleza y la alta sociedad alemanas, celebró su 43º cumpleaños. Invitó a 200.000 personas a su fiesta y ofreció una cena de gala en la Ópera de Berlín. Mandó tapizar de satén color crema las paredes y las escaleras, y colocar una fuente artificial en cada uno de los cuatro ángulos de la sala. La Orquesta Nacional interpretó un repertorio de valses y música clásica. Las entradas se vendieron a 50 marcos, 10 veces más caras de lo habitual: la recaudación iría a los pobres. Sólo faltó Hitler, que excusó su ausencia alegando una enfermedad.

D’Almeida califica a Göring como “un tipo fascinante, defensor de, para mí, la clave del nazismo, la raza, un concepto muy de los nobles: mejor cuanto más puro sea tu linaje”. Conociendo la historia y atendiendo a esta descripción, no es difícil comprender entonces cómo Göring se entregó a los aliados al final de la guerra, dando una rueda de prensa en plan súper estrella a los periodistas extranjeros, convencido de que le iban a tratar como a un caballero y héroe militar. Al igual que la mayoría de los dirigentes de su calaña, el crimen cotidiano y el poder omnímodo le habían hecho vivir en una burbuja.

Por otra parte, al imaginar aquella desmesurada pompa del cumpleaños de Göring, con los oficiales uniformados bailando valses bajo espectaculares lámparas de araña, a uno le viene a la cabeza la genial obra de Luchino Visconti, La caída de los dioses, de curioso parecido al título del libro de D’Almedia, por cierto. Las estremecedoras escenas de la película con la familia de punta en blanco, en un baile de salón impregnado de decadencia, absolutamente enajenados de la realidad mientras el nazismo se derrumba afuera, bien podrían haber ocurrido en la realidad, en alguna de esas fiestas de estética hierática y derroche sin sentido.

La familia de la obra maestra de Visconti está inspirada en los Krupp, los grandes magnates del acero en la Alemania de entre guerras y en la época de la subida al poder nazi, fusionados hoy día en la poderosa corporación Thysen-Krupp, con unos ingresos tan impresionantes como los cadáveres que hay en su pasado. Pues bien, el segundo libro detrás de este post es El grupo Flick en el Tercer Reich, de Johannes Bähr, Axel Drecoll, Bernhard Gotto, Kim C. and Priemel y Harald Wixforth, recién editado en Alemania. El mérito de la obra es su trabajo de investigación exhaustivo, que ha llevado a los autores a investigar en los archivos nacionales de 39 países diferentes para desnudar a una familia coetánea a los Krupp, los Flick, santo y seña de la economía germana durante todo el siglo XX .

El patriarca de la familia, Friedrich Flick (en la foto de arriba) fue condenado a siete años de prisión en los juicios de Nuremberg por su implicación en el régimen nazi, especialmente por su participación en la llamada "Aryanization": el empleo de miles de seres humanos judíos como mano de obra esclavizada en las empresas alemanas. Los Flick, que hicieron su fortuna en el sector del carbón y el acero, se convirtieron en los hombres de negocio más exitosos del nazismo mirando hacia otro lado, adoptando una extrema frialdad y obviando cualquier dimensión ética. Llegaron a contar con 100.000 esclavos judíos para producir su riqueza. “No dudaron en ningún momento en subirse al carro con la llegada al poder de Hitler”, dice el libro, “la única prioridad eran los objetivos empresariales y la expansión de la compañía”. “La gente en las plantas ejecutivas sabía perfectamente quiénes trabajaban y cómo eran las condiciones de trabajo de sus empleados forzados”.


La connivencia de los aristócratas, encantados del misticismo y de la glorificación de la raza en las puestas en escena públicas del nazismo, y el abrazo al régimen de los avariciosos industriales, deseosos de bañarse en marcos aunque estuviesen manchados de sangre, vuelve a dibujar una verdad tenebroso de ese periodo: el apoyo masivo de todos los estamentos de la sociedad alemana al viaje al infierno de los nacionalsocialistas. Una ayuda inestimable, incluso de aquellos que dentro de muy poco el cine pintará como héroes, como el coronel Von Stauffenberg, autor del fallido atentado contra el Führer el 20 de julio de 1944. Lo de aquellos militares de alta graduación que montaron la operación Valkiria, y las razones de otros que lucharon por deshacerse de Hitler en los estertores de la guerra fue, como dice Fabrice D’Almeida, “pura supervivencia entre depredadores". "En realidad, sólo pensaban que Hitler los llevaba a la derrota y que tenían que eliminarle", añade el historiador. Porque cuando el lobo líder ya no porporciona comida, lo mejor es matarlo. No porque sea malo, sino porque ya no es eficiente.